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La deshumanuzación en tiempos de COVID. Lo que no mate el virus, lo hará la pena

Hoy 02 de junio miro atrás y me da vértigo. Aunque fui una persona previsora y en principio “alarmista”, nunca en la vida pude imaginar donde íbamos a llegar. 

Este virus convertido en pandemia, nos ha afectado de un modo u otro, absolutamente a todos. Personas que han perdido su trabajo, personas que no pueden ver a sus familias, personas que sufren ansiedad, depresión, personas que viven con sus maltratadores, personas que viven con miedo a infectar a sus familias, personas que han brindado su esfuerzo y su trabajo por estos enfermos, pero sobre todo, personas que no han podido despedirse de sus familiares, que no podido hacer un duelo, y las personas que han muerto solas, sin el rostro ni el tacto de un familiar acompañándolos en el final del camino. 

Me gustaría mostrar al mundo lo que hemos vivido desde dentro de una residencia, ya que, desde fuera, es tan simple como escuchar a nuestros políticos hablando de las residencias: ancianos que mueren en las residencias, falta de transparencia, fondos buitre, empresarios desalmados….

Pero desde dentro, lo vemos todo tan diferente…. Aquí dentro somos una familia, una familia compuesta por trabajadores, residentes, y familiares. Residentes que llegamos a querer como si se tratase de nuestras propias familias, y familiares, que son nuestro apoyo y nuestro aliento, nuestro ánimo para poder llegar hasta aquí. 

Dos centros, 200 usuarios con sus 200 familias, y 140 trabajadores. Cada trabajador diferente, cada uno con una vida, cada uno con una familia y cada uno con unos sentimientos. Médicos, fisios, animadores, trabajadores sociales, psicólogos, enfermeros, auxiliares, limpiadores, lavanderos, cocineros, pinches, personas de mantenimiento, directores, recepcionistas. La mayoría trabajamos aquí porque nos gusta nuestro trabajo, porque venimos felices a trabajar, y además de recibir un sueldo, recibimos algo muy importante, amor y respeto. Pero esto tan importante, solo lo recibimos de esta familia, la familia que formamos en Parqueluz. Desgraciadamente, fuera de esta familia las cosas no son así. De fuera generalmente, no recibimos ni amor ni respeto, más bien ignorancia y desprecio. A veces pienso que debe ser que, como nadie quiere hacerse viejo, es más fácil hablarnos con desprecio que con el respeto y la admiración que merecemos por cuidar y velar por los pilares de nuestra sociedad: NUESTROS MAYORES. 

A veces veo el morbo que suscitan las residencias. La verdad es que es algo que personalmente me da pena y rabia. Se habla de nuestro colectivo con una frivolidad que no merecemos. A veces nos gustaría un poco más de apoyo, no sentirnos tan solos y tan juzgados. Es triste que un trabajo tan digno y tan enriquecedor, sea para el mundo algo tan feo y triste. Qué pena que el mundo no pueda ver la alegría, el amor y el cariño que habita dentro de estos centros. 

En este tiempo que llevamos de pandemia, ha sido muy duro tanto para los trabajadores como para los residentes y sus familias. 

Los trabajadores hemos trabajado con miedo, miedo de enfermar, y miedo de hacer enfermar a nuestras familias. En un momento u otro todos hemos sentido síntomas, todos hemos sufrido este miedo. Hemos trabajado con gorros, peucos, doble mascarilla, monos que no transpiran, pantallas…. ¿Alguien se imagina lo complicado que es trabajar así? Lo complicado es duchar, asear y vestir a una persona. He visto auxiliares de poco más de 20 años sufriendo ataques de ansiedad, personas llorando aterrorizadas, personas asegurando tener los síntomas, y que luego han dado negativo en los test, personas que se han infectado y se preguntan que han hecho mal, pero lo que no he visto es a nadie tirar la toalla, nadie que no pudiera superar estos miedos, solo he visto valientes que sabían que se estaban jugando mucho. 

Pero, ¿y lo complicado que es para nuestros mayores? Los dejamos aislados en sus habitaciones, y les decimos que de momento no pueden ver a sus familiares. Aparecemos en sus habitaciones disfrazados, no nos ven sonreír, apenas nos escuchan a través de nuestras máscaras, les transmitimos miedo, e inseguridad, no nos conocen. Además, no pueden salir a la calle, apenas se mueven, pierden el apetito, y empiezan a perder fuerza y equilibrio. Algunos no llegan a entender su situación, otros la aceptan con resignación y tristeza. Saben que se encuentran en un tramo de la vida cercano al final, y les entristece mucho no poder aprovecharlo con sus familias. Aun así, la animadora, la psicóloga y el fisioterapeuta intentan sacarles una sonrisa y animarles a que se distraigan, en estos días tan duros y monótonos. También intentamos acercarles todos los días un poco a sus familias, les hacemos fotos, vídeos, videollamadas, les leemos cartas de sus familiares. 

Las personas que ingresan en una residencia, generalmente son muy mayores y generalmente tienen varias patologías. Suelen tener problemas de oído, de vista, de movilidad, y de conducta. Todo esto lo hace mucho más complicado para ellos. En estos momentos nos oyen peor, apenas nos distinguen, andan menos y quien sufre de alteración de la conducta, en estos momentos se suelen incrementar. 

¿Y sus familias? Las familias lo viven todo aun con más miedo y tristeza. Miedo a que su familiar se infecte, miedo a que se le ingrese en el hospital y no poder acompañarle, pero, sobre todo, miedo a no poder despedirle. Hay muchos familiares sufriendo gran ansiedad por esta situación. Por eso, intentamos tenerlos informados diariamente y absolutamente de todo. Les llamamos para informarles de cualquier cambio en la salud y en la conducta de su familiar, intentamos transmitirles ánimo, pero realmente son ellos los que todos los días nos mandan mensajes de ánimo y de gratitud. Ya no saben cómo agradecer que estemos cuidando a queriendo a sus seres queridos dado que ellos no pueden. Todos los días nos traen detalles para demostrar este agradecimiento: pastas, flores, bombones y un montón de cosas más para intentar endulzar estos momentos amargos. 

Y en estos momentos en los que estamos empezando el desconfinamiento, seguimos con esa falta de sensibilidad hacia nuestro colectivo. Las residencias de mayores son “focos” y deben continuar aislados. Aislados y sin ver a sus familias. Dicen desde la administración que hay que “protegerles”, pero yo me pregunto: ¿de verdad les estamos protegiendo? Solos, aislados, sin sentir el aire ni el olor de la libertad, si poder tocar a sus familias, sin poder ver crecer a sus nietos……. ¿De verdad los estamos protegiendo? 

¿Por qué las personas que viven en sus casas pueden salir a la calle y ver a sus familias? Nuestros residentes viven en una residencia, pero es su casa. ¿Por qué no pueden salir ellos? ¿Por qué esta discriminación? ¿Por qué el COVID lo justifica todo? Hasta lo injustificable. 

¿Por qué nadie nos escucha? Nosotros tenemos nuestra propia idea de desescalada. Somos profesionales y conocemos a nuestros residentes. Pequeños paseos por grupos, siempre con las medidas higiénicas establecidas. Visitas familiares concertadas, con poca duración y las mismas medidas. ¿Dónde está el peligro? ¿A quién estamos protegiendo? 

¿Por qué al inicio de esta pandemia, nadie nos dio ninguna indicación, nadie nos ofreció ayuda, cuando siempre fuimos por delante de la Administración, estableciendo protocolos y planes de contingencia, incluso teniendo material de protección? ¿Qué ha cambiado ahora para que no podamos hacer nuestro propio plan de desescalada? En estos momentos nos sentimos tan abandonados como al principio.