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Reflexiones en pandemia

Ésta reflexión es vivencial y resultado de conversaciones de pasillo, con compañeros y personas usuarias. A pesar de la subjetividad de algunos de los puntos, la gran mayoría de nosotros coincidimos en destacar éstos aspectos como algo positivo que ha precipitado ésta crisis y que hay que saber colocar en su lugar también.  Sin por ello, perder de vista el reconocimiento del dolor y sufrimiento y acogiéndolo también en nosotros sin negarlo y dándole espacio.

Me gustaría en ésta reflexión, poner el foco en aquellos aspectos que la crisis sanitaria del Covid-19, ha acelerado en nuestra residencia y que nos han mantenido conectados en tiempos de incertidumbre y dotado de herramientas para tolerar situaciones nuevas, inciertas y amenazantes.

Sentido de dirección: Citando a Séneca “cuando no sabes hacia donde navegas, ningún viento es favorable. 

Desde el inicio de la crisis, todos hemos coincido en señalar que nos hemos sentido más unidos que nunca por un objetivo común: Ayudar y promover el bienestar, y reducir el sufrimiento en las personas que cuidábamos y en todos los agentes que participábamos en el día a día de la residencia: familias y compañeros.  Éste sentido nos ha mantenido más unidos que nunca y ha permitido que mejorara nuestra tolerancia a situaciones difíciles y de mayor estrés.

Sentido de humanidad compartida: La mayoría de nosotros hemos sentido más “el otro” que nunca.

Sentir y pensar que el otro podías ser tú o un familiar y entrar en contacto con el sentimiento de interdependencia nos ha hecho conectar con los demás desde otro sitio.

En ésta crisis la mayoría, hemos tomado conciencia de nuestra vulnerabilidad y éste sentimiento nos ha dotado de un sentido de compasión real, de “mañana puedo ser yo” , colocándonos  en la posición dónde conectar con el otro desde una actitud más humana,  de acompañamiento y escucha real.

Sentido de familiaridad: Al verse limitadas las visitas de familias hemos actuado muchas veces como nexo de unión entre familiares y personas usuarias a través de lectura de cartas y videollamadas a familiares y hemos podido ser partícipes de ésta dimensión familiar y social y sentirnos parte de ella. En definitiva, hemos conocido más al individuo dentro de su familia y en su contexto promoviendo un sentido más humano de las relaciones y conociéndoles más.

Uso del humor y rituales: Durante la crisis ciertos rituales y  el uso del humor, nos han permitido ventilar el dolor acumulado en el día a día y han creado un lenguaje común y sentido de pertenencia.

Sentido de hogar: El confinamiento y la posterior “nueva normalidad” nos llevó a darle la vuelta a las estancias de la residencia y crear pequeñas unidades de convivencia. 

El proyecto, que ya estaba en marcha, se aterrizó en tiempo record. Pasando de un modelo con estancias con connotaciones sanitarias a un centro con sabor a hogar: Creamos unidades de convivencia o pequeñas, añadiendo objetos personales en la misma y haciendo el entorno más parecido a sus casas. 

 Desde otra óptica, las pequeñas unidades de convivencia han permitido crear grupos pequeños más homogéneos o similares y adaptar las intervenciones a las unidades. Facilitando continuar en el camino de la atención centrada en la persona.  También se ha traducido en la mejora del sentido de pertenencia y familiaridad, de conexión con el entorno y diminución de los problemas de desorientación y de conducta, derivados de estancias más grandes y sin elementos autorreferenciales. En definitiva, en la mejora de la satisfacción.

Para cerrar la reflexión, me gustaría señalar que palabra crisis en chino se traduce como peligro, pero también como oportunidad. En éste sentido demos oportunidad a que crezcan las semillas buenas que ha traído consigo ésta crisis y dotemos a todo esto de algún sentido para poder seguir mirando al futuro con esperanza.

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Ejercicio físico en tiempos de COVID-19

La inactividad física y el sedentarismo es uno de los principales factores en la pérdida y deterioro de la función muscular en la tercera edad.

Los efectos del ejercicio son potencialmente similares a los que puedan producir los medicamentos o incluso más sin apenas efectos adversos.

Entre algunos de los muchos beneficios que nos presenta el realizar ejercicio encontramos una mejora del tono muscular, postural, y de las funciones respiratoria, circulatoria y cardíaca.

Muchas es la gente que aún piensa que las personas de tercera edad no pueden realizar ejercicio físico por su “estado y su edad”, no obstante, los estudios y las investigaciones demuestran lo contrario. El ejercicio es fundamental para la mejora, el mantenimiento del estado físico de la persona y es la base de la rehabilitación tras las posibles alteraciones que haya podido sufrir el organismo (fracturas, ictus…). En resumen, el ejercicio físico es una herramienta básica para mejorar la calidad de vida de las personas.

En los centros Parqueluz, el equipo de fisioterapia, realizamos de forma individualizada un programa de ejercicios que mejor se adapta a las necesidades de cada persona. Como objetivos nos planteamos:

  • Potenciar tono muscular, mejorando la fuerza y la movilidad.
  • Mejorar la higiene postural tanto en decúbito como en sedestación.
  • Ejercitar la marcha y el equilibrio (menos caídas y por tanto menos fracturas)
  • Disminuir las alteraciones en el estado de ánimo (el ejercicio efecto tiene un gran beneficio terapéutico ante la depresión y la ansiedad)
  • Potenciar la motricidad fina.
  • Reforzar la orientación espacial.
  • Reforzar el sentido del ritmo.
  • Estimular la coordinación.

Debido a la nueva situación que nos ha traído la pandemia del covid-19 y las nuevas medidas que hemos tenido que adoptar tanto en el confinamiento como en la “nueva normalidad” en nuestro centro hemos seguido realizando actividad física.

Durante el periodo de confinamiento en las habitaciones, a todas las personas usuarias se les ha realizado algún tipo de gimnasia de estimulación ya sea con movilizaciones pasivas, activo-asistidas o activas. Asimismo, se les ha estimulado a deambular tanto de forma autónoma o con ayuda de una o dos personas y con ayudas técnicas por las habitaciones, pasillos de las plantas y terrazas.

Con la nueva “normalidad “se han organizado a las personas usuarias por salas y por grupos de convivencia. De esta manera tenemos divido el centro en 2 plantas de convivencia con 8 salas. De forma diaria en primera planta vamos a las 3 salas a deambular y a movilizar a los usuarios de dichas salas. Los usuarios que conviven en la planta baja vienen al gimnasio en su horario con su grupo de convivencia.

Con todo ello podemos concluir que el ejercicio físico es una herramienta fundamental para el bienestar de la persona, siendo importante para la prevención de enfermedades y por tanto da igual el estado previo que tengas y la edad ya que gracias al movimiento nos permite tener una mejor calidad de vida.

Cuida tu cuerpo ya que es el único lugar en el cual vivirás”.  Jim Rohn

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La vida en las residencias después del COVID

En los 20 años que llevo trabajando en el sector de las residencias de mayores, he ido viendo cómo el sector ha ido evolucionando. He ido viendo cómo ha cambiado el perfil del usuario, usuario que cada día es más mayor, he ido viendo como se han profesionalizado los centros, como hemos mejorado en calidad, como se ha implicado a la familia en los cuidados de su familiar y, sobre todo, como al fin se está poniendo el foco en el usuario, y en sus gustos particulares.

Sin embargo, en este último año, he visto todo lo contrario. El sector ha dado un giro muy importante, y no a mejor. En un año, ha habido un retroceso abismal en la calidad de vida de nuestros mayores. Un cambio, que ha ocurrido tanto dentro de las propias residencias, como en el propio hogar de las personas mayores. Por esta razón, en PARQUELUZ, uno de nuestros objetivos principales durante toda la pandemia, ha sido mantener la calidad asistencial en todos nuestros centros, así como el bienestar general de nuestros usuarios, hechos que nos han supuesto por un lado un gran esfuerzo por parte del equipo, y por otro, una gran recompensa, puesto que la calidad de vida de nuestros clientes es nuestro objetivo prioritario.

Hace exactamente un año, los usuarios tenían establecidas rutinas a lo largo del día, rutinas que a la mayoría nos hacen sentir seguros. En caso de ser un usuario independiente, podría tener una rutina parecida a esta: “me despierto, me ducho, desayuno, hago ejercicio en el gimnasio, leo el periódico o salgo un rato a pasear, hago una tabla de gimnasia de grupo con el resto de compañeros, como, descanso, meriendo, participo en talleres cognitivos para que mi cabeza continúe funcionando, echo una partida al dominó o veo un rato la tele, descanso y a dormir”. Una rutina cómoda dentro de las posibilidades que me permite mi estado físico y cognitivo. 

Además de esta rutina, la mayoría podían ver casi a diario a sus familias, a algún vecino, podían salir a pasear, a comprar, a comer, …. dentro de su rutina, tenían “capacidad de elección”. 

¿Pero qué ocurre a partir del 15 de marzo de 2020? ¿Qué ocurre cuando empieza el confinamiento?

En primer lugar, los residentes dejan atrás dos cosas: a sus familias, puesto que ya no pueden verlas, y su capacidad de elección. Se acabó la rutina. Mejor dicho, la rutina ha cambiado por una mucho más simple. Los residentes se quedan un día tras otro en su habitación, con su compañero o compañera, viendo la misma cara las 24 horas del día, esperando que se abra la puerta y aparezca alguien diferente… eso sí,  alguien enfundado en un traje, con mascarilla y pantalla protectora, lo cual hace prácticamente irreconocible a la persona que accede a su habitación. Atrás queda la rehabilitación, el taller, el paseo, el dominó…… y las “sonrisas”. Atrás queda todo lo que se podía elegir. 

Y pasa un día, y otro, …… se hace muy largo. Y, ¿Cómo están nuestros residentes? ¿Cómo sobrellevan esta situación? Pues evidentemente todo esto les afecta igual que a todos, pero en general están bien. Es sorprendente la capacidad de adaptación y aceptación que esta generación ha llegado a tener. Como han sido capaces de aceptar lo que cada día se les iba imponiendo. A nivel sanitario están protegidos. El objetivo de todos es evitar a toda costa los contagios. Pero a nivel personal, a nivel social, a nivel psicológico…. ¿Quién los protege? Para esa protección estamos nosotros, los trabajadores de la residencia. Ni la administración, ni las familias…. solo nosotros estamos para este nivel de protección. 

¿Y exactamente, que es lo que hacemos los profesionales de PARQUELUZ para aliviar este sufrimiento y esta monotonía? Desde el primer momento, el equipo debe adaptarse a una nueva forma de trabajar. Cambian las tareas, los roles. Se requiere un gran esfuerzo por parte de todos para minimizar el riesgo de aburrimiento, inapetencia, desesperación, depresión, e inactividad de los usuarios. Esto va a suponer un gran desgaste psicológico del profesional. La clave de todo esto se haya en el trabajo en equipo, en el apoyo entre todos y cada uno de los trabajadores. Esta es la clave para poder seguir adelante y configurar un día a día diferente. El fisioterapeuta realiza un nuevo plan de actividad: gestiona paseos por turnos en parejas, por la mañana y por la tarde no saliendo de los propios pasillos de las plantas en las que están confinados. La psicóloga y la trabajadora social trabajan conjuntamente detectando a las personas con problemas de conducta para ubicarlas en las antiguas zonas comunes para evitar el aislamiento en la habitación. Gestionan las actividades en las habitaciones: puzzles, prensa, juegos de mesa. Y sobre todo, valiosos ratitos de conversación. Hay que visitar diariamente a todos los residentes. Necesitan nuestro contacto y nuestro apoyo, y nosotros necesitamos normalizar la situación en la medida de lo posible. 

Los auxiliares se reparten por plantas. Además de atender a las necesidades básicas de los usuarios: aseo, baño, alimentación, etc. colaboran con los técnicos con los turnos de paseos, las actividades físicas y las actividades de entretenimiento. Todos a una tenemos que conseguir que se sientan entretenidos y, sobre todo, que no se sientan solos. Ahora más que nunca somos su familia y no podemos fallarles. 

Los familiares necesitan saber de ellos, necesitan al menos verles, por lo que se habilitan varios teléfonos para poder hacer videollamadas continuamente. Desde el equipo técnico se les transmite tranquilidad y seguridad. Diariamente, Dirección les envía mediante lista de difusión, mensajes sobre el estado de los residentes y también mensajes tranquilizadores y de esperanza. Todos y cada uno han estado a la altura de las circunstancias. Todos y cada uno nos han sabido darnos ánimo para seguir adelante, han dado animo a sus familiares, y nos han acompañado en todo momento. 

Y el tiempo pasa y poco a poco los residentes vuelven a poder salir de sus habitaciones. Sin embargo, la normalidad no llega nunca. El centro se divide en varias cohortes (grupos reducidos de usuarios que funcionan independientemente unos de otros). Se pretende que, en caso de rebrote, solo afecte al pequeño grupo que forma la cohorte. Hemos descubierto que, a pesar de las circunstancias, estos grupos tienen cosas positivas. Durante el día se les observa más tranquilos porque ya no hay prisas. Ya no tienen que acudir a los profesionales, ahora son los profesionales los que acuden a ellos. Ahora hay menos desplazamientos por el centro. Se han adaptado a relacionarse únicamente con su grupo, y esto se nota en el ambiente del día a día.  

Aun así, considero que los usuarios dentro de la falta de contacto que han tenido con su familia, dentro del encierro en las habitaciones y de la falta de contacto con el exterior, nunca se han sentido solos. Siempre han tenido sentimiento de protección, y la atención que han necesitado. Y los familiares también. Dentro de este alejamiento, han podido vivir a través de una pantalla, desde las redes sociales, desde los videos que se les ha ido mandando, etc., el día a día de sus familiares, y estoy segura que lo han hecho desde la confianza y la tranquilidad, porque así nos lo han ido transmitiendo todo este tiempo. Es más, aun dentro de la pena, seguro que han agradecido que sus familiares estuviesen dentro y no fuera del centro, o lo que podría haber sido peor todavía, solos en su casa. 

Este año, entre todos hemos ido aprendiendo cosas nuevas. Nos hemos visto obligados a adaptarnos con miedo y angustia a las nuevas circunstancias, pero nos hemos ido relajando poco a poco con el paso del tiempo. Hoy en día ya no vivimos la situación con el miedo del principio.  Hoy tenemos un mayor control y conocimiento de la situación. Ya no nos limitamos a ser meros espectadores de lo que está sucediendo, si no que somos impulsores de los cambios que queremos. Y como cierre desde este pequeño artículo de opinión, me gustaría resaltar una idea, que aun después de haber pasado tanto miedo y tanta presión sobre todo por parte de los medios y la administración, llegados a este punto, en PARQUELUZ nos sentimos muy orgullosos de todo lo que hemos ido aprendiendo por el camino, y de cómo hemos sido capaces de remar juntos tanto trabajadores, como residentes y familiares. 

Y por supuesto, no puedo perder la ocasión de AGRADECER, tanto en mi nombre, como en el de todas las personas que trabajamos en PARQUELUZ, a las familias de los residentes ingresados en nuestras residencias, la confianza, la paciencia, el apoyo diario, y la fuerza que nos habéis dado. Habéis sido el impulso para seguir adelante en los momentos más duros. Sin vosotros, todo habría sido aún más difícil, y no habríamos tenido la energía suficiente para sobrellevar tanta carga y responsabilidad. GRACIAS!

También aprovecho para la dar enhorabuena a nuestro equipo. Chic@s, lo hemos conseguido junt@s! Seguimos adelante!!!

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Los otros protagonistas de la residencia: LAS FAMILIAS

Generalmente cuando se decide dar el paso de ir a vivir a una residencia, suele dar el primer paso un familiar. En la mayoría de los casos, son los hijos los que toman esta decisión, pero en otras ocasiones son los nietos, sobrinos, hermanos, cuñados, vecinos, etc.

Dar este paso no es sencillo, supone haber pensado varias alternativas y decantarse por la opción de residencia, en función de las circunstancias concretas de la persona. De esta manera, la familia toma la decisión más o menos consensuada con el residente (en función de sus características) y nos elige. Bien, pues desde este primer momento, las familias empiezan a formar parte de Parqueluz. Las familias no son meros espectadores a los que se les dice qué actuaciones, actividades, rutinas, etc. se realizan con su familiar. Son parte activa de este proceso y son un pilar de apoyo fundamental en la toma de decisiones conjunta. Además, cuanto más integrada esté la familia en el día a día de la residencia, más fácil se hace nuestro trabajo.

Todo esto está muy bien, pero ¿qué es lo que necesita una familia para confiar en el centro? Que se le de confianza; ¿Y cómo se consigue esa confianza? manteniendo informada a la familia de todo y teniendo en cuenta sus decisiones a la hora de actuar. Esto es fundamental, aunque parezca simple. La información es poder. Y las familias, tienen necesariamente que estar empoderadas.

Lo que resumo en unas pocas líneas, requiere un trabajo de fondo. Los familiares cuando tienen su primera experiencia en residencia, reflejan miedo a lo desconocido. Vienen con su propia idea de lo que es una residencia, y acompañan a una persona querida para ceder su cuidado a personas que inicialmente les son desconocidas. No controlan la situación y esto, en un principio, les genera cierta ansiedad. Por eso es imprescindible generar desde el principio un clima de confianza, como decía en el párrafo anterior.

En este último año, en el que las reglas del juego han cambiado como consecuencia de la pandemia, creía, que con todas las restricciones impuestas, notaremos diferencia entre las familias que nos conocen varios años y las familias que nos han conocido en periodo de pandemia.

Y cuál es mi sorpresa, que no he notado diferencia alguna entre unas y otras familias. Las nuevas familias, se han integrado exactamente igual que las familias que conocen nuestro trabajo y han vivido con nosotros el día a día desde hace años. ¿Por qué? Porque se les ha facilitado en todo momento que puedan ponerse en contacto con su familiar, con cualquier trabajador del centro, y lo que es más importante, les mantenemos informados y les tenemos en cuenta como parte activa. Siempre. 

Todo esto repercute de forma inmediata y positiva en nuestro trabajo diario también. Nos da confianza a la hora de contactar con las familias, de explicarles una evolución, de compartir momentos con ellos, de comentarles decisiones que tomamos en el día a día en función de las características de cada persona. Y nos da la retroalimentación necesaria para darnos cuenta de que estamos haciendo correctamente nuestro trabajo. 

A mí, personalmente, me da paz pensar que mi madre está en residencia, cuidada y atendida, que el personal tiene la suficiente confianza para saber que cuentan con mi beneplácito, que pueden informarme de cualquier cuestión; y que yo no he de preocuparme por nada, más que por ser parte activa del proceso y por ofrecerle a ella un tiempo de calidad. 

Y este año me ha enseñado que todos, tanto residentes, como profesionales y familiares, tenemos una gran capacidad de adaptación ante las adversidades, y nos cuidamos los unos a los otros por el bienestar común como una familia.

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….Y por fin llegó “la vacuna”. ¿El principio del final?

Va a hacer un año que empezó esta pesadilla. ¡Cuánto hemos perdido por el camino! Tantos días sin besos y abrazos, tantos días tristes, tantos días con miedo…… y tantos sin colegio, sin trabajo, sin socializar, sin pasear, sin viajar…….

Sin embargo, nuestro consuelo está en que la vida continúa, y que pronto vamos a recuperar el tiempo perdido.

Lo que ocurre, es que cuando hablamos de nuestros mayores y del tiempo, los matices son diferentes, ya que, para ellos el tiempo es mucho más relativo. El tiempo de nuestros mayores es corto, un tiempo con fecha próxima de caducidad.

Cuando tienes 80 o 90 años, perder un año de esa vida, perder un año de vivencias y convivencias, pienso que deber ser como si a tu cuerpo se le fuesen desprendiendo poco a poco sus miembros. Qué duro debe ser no ver el final de todo, y solo esperar agarrarte a la vida un poco más para poder ver a tu familia. Y esto da lo mismo que sean los mayores que viven en residencias o los que viven en sus casas. Todos igualmente sienten la falta del calor de los abrazos de sus familias.

Pero ahora ha llegado la vacuna al fin. Esa vacuna que unos ven con esperanza y otros con miedo y desconfianza.

La cuestión es el miedo. ¿Antes miedo a la enfermedad y ahora miedo a la vacuna? Si seguimos viviendo con este miedo es cuando realmente estamos acortando nuestras valiosas vidas.

No hay alternativa a la vacuna. La vacuna es el único medio para poder combatir esta lacra. Por tanto, alabemos a nuestros científicos, agradezcamos su esfuerzo y su trabajo. Y hagamos lo que tenemos que hacer. ¿Qué hubiese ocurrido hace unos años si no hubiese aparecido la vacuna de la viruela? ¿Y la de la polio? Eso sí que lo tienen claro nuestros mayores. Ellos han conocido estas terribles enfermedades. Ellos han esperado con ilusión esas vacunas. Y ahora, ahora ellos si quieren la vacuna, ellos prefieren el riesgo de la vacuna antes que el riesgo de no volver a abrazar ni besar. Aquí no hay miedo. Con la vacuna se acaba el miedo porque empieza de nuevo la vida. Esa vida con fecha próxima de caducidad.

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La deshumanuzación en tiempos de COVID. Lo que no mate el virus, lo hará la pena

Hoy 02 de junio miro atrás y me da vértigo. Aunque fui una persona previsora y en principio “alarmista”, nunca en la vida pude imaginar donde íbamos a llegar. 

Este virus convertido en pandemia, nos ha afectado de un modo u otro, absolutamente a todos. Personas que han perdido su trabajo, personas que no pueden ver a sus familias, personas que sufren ansiedad, depresión, personas que viven con sus maltratadores, personas que viven con miedo a infectar a sus familias, personas que han brindado su esfuerzo y su trabajo por estos enfermos, pero sobre todo, personas que no han podido despedirse de sus familiares, que no podido hacer un duelo, y las personas que han muerto solas, sin el rostro ni el tacto de un familiar acompañándolos en el final del camino. 

Me gustaría mostrar al mundo lo que hemos vivido desde dentro de una residencia, ya que, desde fuera, es tan simple como escuchar a nuestros políticos hablando de las residencias: ancianos que mueren en las residencias, falta de transparencia, fondos buitre, empresarios desalmados….

Pero desde dentro, lo vemos todo tan diferente…. Aquí dentro somos una familia, una familia compuesta por trabajadores, residentes, y familiares. Residentes que llegamos a querer como si se tratase de nuestras propias familias, y familiares, que son nuestro apoyo y nuestro aliento, nuestro ánimo para poder llegar hasta aquí. 

Dos centros, 200 usuarios con sus 200 familias, y 140 trabajadores. Cada trabajador diferente, cada uno con una vida, cada uno con una familia y cada uno con unos sentimientos. Médicos, fisios, animadores, trabajadores sociales, psicólogos, enfermeros, auxiliares, limpiadores, lavanderos, cocineros, pinches, personas de mantenimiento, directores, recepcionistas. La mayoría trabajamos aquí porque nos gusta nuestro trabajo, porque venimos felices a trabajar, y además de recibir un sueldo, recibimos algo muy importante, amor y respeto. Pero esto tan importante, solo lo recibimos de esta familia, la familia que formamos en Parqueluz. Desgraciadamente, fuera de esta familia las cosas no son así. De fuera generalmente, no recibimos ni amor ni respeto, más bien ignorancia y desprecio. A veces pienso que debe ser que, como nadie quiere hacerse viejo, es más fácil hablarnos con desprecio que con el respeto y la admiración que merecemos por cuidar y velar por los pilares de nuestra sociedad: NUESTROS MAYORES. 

A veces veo el morbo que suscitan las residencias. La verdad es que es algo que personalmente me da pena y rabia. Se habla de nuestro colectivo con una frivolidad que no merecemos. A veces nos gustaría un poco más de apoyo, no sentirnos tan solos y tan juzgados. Es triste que un trabajo tan digno y tan enriquecedor, sea para el mundo algo tan feo y triste. Qué pena que el mundo no pueda ver la alegría, el amor y el cariño que habita dentro de estos centros. 

En este tiempo que llevamos de pandemia, ha sido muy duro tanto para los trabajadores como para los residentes y sus familias. 

Los trabajadores hemos trabajado con miedo, miedo de enfermar, y miedo de hacer enfermar a nuestras familias. En un momento u otro todos hemos sentido síntomas, todos hemos sufrido este miedo. Hemos trabajado con gorros, peucos, doble mascarilla, monos que no transpiran, pantallas…. ¿Alguien se imagina lo complicado que es trabajar así? Lo complicado es duchar, asear y vestir a una persona. He visto auxiliares de poco más de 20 años sufriendo ataques de ansiedad, personas llorando aterrorizadas, personas asegurando tener los síntomas, y que luego han dado negativo en los test, personas que se han infectado y se preguntan que han hecho mal, pero lo que no he visto es a nadie tirar la toalla, nadie que no pudiera superar estos miedos, solo he visto valientes que sabían que se estaban jugando mucho. 

Pero, ¿y lo complicado que es para nuestros mayores? Los dejamos aislados en sus habitaciones, y les decimos que de momento no pueden ver a sus familiares. Aparecemos en sus habitaciones disfrazados, no nos ven sonreír, apenas nos escuchan a través de nuestras máscaras, les transmitimos miedo, e inseguridad, no nos conocen. Además, no pueden salir a la calle, apenas se mueven, pierden el apetito, y empiezan a perder fuerza y equilibrio. Algunos no llegan a entender su situación, otros la aceptan con resignación y tristeza. Saben que se encuentran en un tramo de la vida cercano al final, y les entristece mucho no poder aprovecharlo con sus familias. Aun así, la animadora, la psicóloga y el fisioterapeuta intentan sacarles una sonrisa y animarles a que se distraigan, en estos días tan duros y monótonos. También intentamos acercarles todos los días un poco a sus familias, les hacemos fotos, vídeos, videollamadas, les leemos cartas de sus familiares. 

Las personas que ingresan en una residencia, generalmente son muy mayores y generalmente tienen varias patologías. Suelen tener problemas de oído, de vista, de movilidad, y de conducta. Todo esto lo hace mucho más complicado para ellos. En estos momentos nos oyen peor, apenas nos distinguen, andan menos y quien sufre de alteración de la conducta, en estos momentos se suelen incrementar. 

¿Y sus familias? Las familias lo viven todo aun con más miedo y tristeza. Miedo a que su familiar se infecte, miedo a que se le ingrese en el hospital y no poder acompañarle, pero, sobre todo, miedo a no poder despedirle. Hay muchos familiares sufriendo gran ansiedad por esta situación. Por eso, intentamos tenerlos informados diariamente y absolutamente de todo. Les llamamos para informarles de cualquier cambio en la salud y en la conducta de su familiar, intentamos transmitirles ánimo, pero realmente son ellos los que todos los días nos mandan mensajes de ánimo y de gratitud. Ya no saben cómo agradecer que estemos cuidando a queriendo a sus seres queridos dado que ellos no pueden. Todos los días nos traen detalles para demostrar este agradecimiento: pastas, flores, bombones y un montón de cosas más para intentar endulzar estos momentos amargos. 

Y en estos momentos en los que estamos empezando el desconfinamiento, seguimos con esa falta de sensibilidad hacia nuestro colectivo. Las residencias de mayores son “focos” y deben continuar aislados. Aislados y sin ver a sus familias. Dicen desde la administración que hay que “protegerles”, pero yo me pregunto: ¿de verdad les estamos protegiendo? Solos, aislados, sin sentir el aire ni el olor de la libertad, si poder tocar a sus familias, sin poder ver crecer a sus nietos……. ¿De verdad los estamos protegiendo? 

¿Por qué las personas que viven en sus casas pueden salir a la calle y ver a sus familias? Nuestros residentes viven en una residencia, pero es su casa. ¿Por qué no pueden salir ellos? ¿Por qué esta discriminación? ¿Por qué el COVID lo justifica todo? Hasta lo injustificable. 

¿Por qué nadie nos escucha? Nosotros tenemos nuestra propia idea de desescalada. Somos profesionales y conocemos a nuestros residentes. Pequeños paseos por grupos, siempre con las medidas higiénicas establecidas. Visitas familiares concertadas, con poca duración y las mismas medidas. ¿Dónde está el peligro? ¿A quién estamos protegiendo? 

¿Por qué al inicio de esta pandemia, nadie nos dio ninguna indicación, nadie nos ofreció ayuda, cuando siempre fuimos por delante de la Administración, estableciendo protocolos y planes de contingencia, incluso teniendo material de protección? ¿Qué ha cambiado ahora para que no podamos hacer nuestro propio plan de desescalada? En estos momentos nos sentimos tan abandonados como al principio.